Charles Bukowski es uno de los escritores más conocidos y celebrados de las letras estadounidenses contemporáneas. Nació en 1920 en Andernach, en Alemania, hijo de un soldado norteamericano y de una costurera alemana, y llegó a los Estados Unidos a los tres años. Creció en Los -ngeles, donde vivió durante más de cinco décadas. Publicó su primer relato en 1944 y sus primeros poemas en 1946. Falleció en San Pedro, California, el 9 de marzo de 1994 a los setenta y tres años, poco después de haber finalizado su última novela, Pulp. Esta colección arranca con poemas arrolladores y trepidantes a partes iguales, teñidos de una emotividad casi hiriente a medida que Bukowski desgrana recuerdos de su infancia y adolescencia. Son instantáneas evocadoras que se nos cuelan en el interior sin que podamos evitarlo. Tras ese inicio vertiginoso, el libro se aleja de esas pinceladas melancólicas para adentrarse en terrenos marca de la casa: el humor indeleble, las virtudes incontestables del alcohol, los sentidos tributos a sus héroes literarios, el sempiterno viacrucis del hipódromo, las fanfarronadas y bravuconadas sobre una existencia irremediablemente absurda y, sobre todo, las reflexiones sobre la mortalidad. Bukowski se hace viejo y no hace nada por disimularlo. Bukowski aprovecha ese tiempo muerto para dejar que los poemas se tecleen solos en la máquina de escribir eléctrica y para dialogar con Buda noche tras noche, botella tras botella. La música clásica que surge de la vieja radio roja da aliento a los versos. La sonrisa beatífica de Buda se cuela entre las páginas en blanco y Bukowski, sabedor de lo efímero de la dicha, brinda por él mientras rompen a reír juntos.
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