Bad Heim, una antigua y próspera ciudad balneario del sur de Alemania, se asfixia cercada por un bosque que arde sin tregua del otro lado del río. Bajo una lluvia de ceniza tóxica y estrictas órdenes de confinamiento, Iris Lehmann sobrevive en el letargo de su hotel, antaño siempre lleno de veraneantes y ahora vacío, que parece aguardar el colapso definitivo del mundo. Pero el sopor y el aislamiento se quiebran un martes cualquiera. De entre la densa neblina gris emergen dos figuras errantes: Dori y su pequeña hija, Ilya. Han llegado a pie, sin equipaje, sin mascarillas y cubiertas por el polvo de la combustión. Huelen a hojas quemadas y a un miedo indescifrable. Dori se encierra con la niña en la habitación más alejada de la recepción; esquiva las preguntas, oculta su identidad y salta ante el menor ruido. Iris, guiada por una mezcla de intriga e instinto protector, no tarda en advertir que sus misteriosas huéspedes huyen de una amenaza mucho más insidiosa que el apocalipsis ecológico que las rodea. El cerco se estrecha cuando el teléfono del vestíbulo rompe el silencio. Al otro lado de la línea, la voz de un hombre asombrosamente educado busca a su familia. Asegura que su mujer es un peligro inminente para su hija, y teje una red de diagnósticos y advertencias que choca frontalmente con el terror mudo de la fugitiva. Atrapada entre las sombras del pasado de su propia familia, Iris deberá desentrañar quién miente frente al abismo de un maltrato invisible, diseñado milimétricamente para hacer que una mujer llegue a dudar de su propia cordura. En El verano eterno, la tensión climática y el thriller psicológico colisionan de manera magistral. ¿Podrán escapar Dori, Ilya e Iris cuando el aire mismo es venenoso, o terminarán consumidas por un fuego que no deja rastro físico, pero lo arrasa todo?
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