Por más que avance la tecnología, y aunque tengamos la impresión de que el universo digital nos libera del cuerpo y de sus necesidades, seguimos arraigados a la materia, igual que en el principio de los tiempos.El ciudadano del siglo XXI, deslumbrado por los avances científicos, ha olvidado la dimensión mágica de la vida, la óptica mitológica y el instinto, ese extraordinario instrumental que proviene de la predisposición al hallazgo y de la mirada atenta, eso que Breton llamaba «lo sagrado laico». Este despliegue hacia otras interpretaciones de la realidad que nos rodea, que era habitual en nuestros ancestros y que hoy hemos perdido, será imprescindible cuando llegue el fin de mundo.Ese día, el último superviviente, abriéndose paso en las tinieblas con su móvil inservible, llegará a la bóveda de Svalbard, a 1300 kilómetros del Polo Norte, y cogerá una semilla, ese prodigio tecnológico cuyos circuitos generan la vida. Y como hizo el primer agricultor, comenzará a sembrar la tierra inaugurando, de nuevo, la historia de la humanidad.
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