El corpus dramático de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo continúa relegado a una pintoresca sala de espera dentro del canon barroco. El madrileño pasó a la historia como prosista, bastante más que como hombre de teatro o poeta, a pesar de haber firmado varias piezas de notable factura, verbigracia, su comedia en prosa El cortesano descortés. En ella se nos refiere la historia de don Lázaro, quien, en su obsesión por no quitarse el sombrero durante sus paseos por la villa, regatea el saludo a los vecinos y sufrirá una brutal caída de su montura. Tomando la convalecencia como principio de la trama, Salas dispara aquí una aguda sátira contra la vanidad, simbolizada por el susodicho y monumental sombrero -tan acartonado y hueco como su dueño-: el mismo que pronto le robarán un par de galanes y termina en manos de la deseada viuda doña Cristina, con la que el figurón acabará contrayendo un ridículo e interesado matrimonio, no sin antes padecer todo un catálogo de burlas. La comedia, de hecho, no se limita a una peripecia con tópico final. Salas vertería muchas de sus preocupaciones vitales y estéticas acerca de la experiencia urbana en un Madrid en rápida expansión, el estado de la comedia nueva y su triunfo fuera de nuestras fronteras, el papel de la poesía de circunstancias como sarao, la ocasional vacuidad de los certámenes, la falta de educación en la sociedad del Imperio, la presencia de lo africano en el tejido capitalino o el séptimo sacramento como institución que empezaba a hacer aguas.
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